Llevo toda la mañana en la biblioteca pública dedicada a estudiar una materia que me aburre, pero reconozco interesante.Precisamente hoy no tengo un buen día, como tampoco lo fue ayer, así que mi nivel de concentración es mínimo y me molesta cualquier ruido. Es sábado y el centro se llena de padres con sus hijos (en la sala infantil se ha celebrado al mediodía una sesión de cuentacuentos), así que el revuelo no para y estoy de los nervios, sin embargo, no puedo evitar observar el comportamiento de los niños, sus caras mientras esperan la cola para sacar cuentos y libros que los tendrán recorriendo mundos mágicos y reales durante el fin de semana.
La lección que saco de esta experiencia es que debo ser tolerante, porque para que la educación de un niño sea posible hay que ser comprensivo con los padres que, pese a advertirle al hijo que ha de guardar silencio, no obtiene un resultado inmediato, sino que ha de repetírselo una y otra vez . Para que eso sea efectivo en una situación como ésta o tantas otras en las que podemos pensar que los niños nos incomodan, el resto de personas debemos ser pacientes y sobrellevar del mejor modo el alboroto. Lo fácil sería refunfuñar y llamarles la atención, pero lo productivo es comprender que la educación requiere de paciencia, constancia y mucho amor.
Siempre he tenido claro que, si algún día, la vida me permite experimentar el milagro de la maternidad, intentaré que mi hijo conozca la lectura y todos aquellos juegos con los que yo crecí y que, actualmente, se están perdiendo... no he podido evitar imaginarme viniendo a un sitio tan maravilloso como éste acompañada de mi hijo, sentándome junto a él a mirar cuentos, ejemplares de fotografías preciosas, escuchando cómo interpreta cada imagen y contemplando su cara de sorpresa... enseñándole el valor que tiene la palabra y como es la base del entendimiento humano... me imagino mil situaciones que deseo que algún día se cumplan.
Hoy, pues, mi día se ha iluminado soñando con lo maravilloso que es compartir.

