martes, 20 de julio de 2010

Proyectando

La instropección o el buceo en nuestro interior puede ser una virtud para quienes buscan respuestas en su huída de la mediocridad, como siempre me ha ocurrido a mí, sin embargo, puede volverse en contra cuando ese ejercicio te hace esclavo de sufrimientos a contracorriente y de una autoexigencia a niveles de extenuación... en la búsqueda de la paz interior y con los demás, perdemos, en ocasiones, la frescura de vivir con espontaneidad, sin cárceles interiores y sin temor a romper esquemas muy arraigados y que han creado expectativas en quienes nos rodean...

Hoy, de nuevo, apuesto por liberarme de la carga de querer hacerlo todo bien, de buscar la felicidad de los demás con cada paso que doy, de esperar a recibir lo que doy... me libero de contar inútilmente el tiempo, del miedo a equivocarme por sentir otra vez aquello que hace tiempo que deseaba, a comenzar de nuevo ante un "no puede ser en estos momentos"... apuesto por seguir mirando al futuro escribiendo en presente ... me reafirmo en no seguir los cánones socialmente establecidos para continuar persiguiendo aquello que quiero...


Hoy, tengo ganas sólo de sentir y grabar en mi memoria las arrugas de mis ojos y mi boca al sonreir delante del espejo ...

jueves, 8 de julio de 2010

De emociones y redes sociales

Hoy que nadie es “anónimo”, que nuestros datos personales rulan en una maraña de registros públicos y privados, me pregunto qué papel tienen realmente las redes sociales. Muchos acudimos a ellas como medio de estar en contacto diario y directo con amigos, clientes, conocidos, desconocidos, amantes… y exponemos parte de nuestra existencia de muro a muro ¿hasta qué punto podemos transmitir en estos foros todo lo que necesitamos gritar a veces y no podemos porque nos tomarían por locos o, simplemente, porque no tenemos al psicoamigo disponible las 24 horas del día?

Si bien es cierto que estos medios cuenta con filtros de seguridad, que cada cual configura a su antojo, según la suspicacia que le sugiera el medio en cuestión, una vez que te decides a compartir aquello que te sorprende, preocupa, alegra, entristece, indigna, emociona, impacta… aquellas señales que necesitas emitir porque no sabes cómo abordar determinadas historias... simplemente, aquello que te apetece vomitar porque sientes que estás vivo, toca cuestionarse la repercusión de lo escrito ¿dónde reside el límite? ¿En tu pudor o quizás en el de los demás?
¿En el respeto a la sensibilidad de los lectores? ¿Cómo lograr el punto de equilibrio?

Creo que esta forma de globalizar las entrañas propias y ajenas es un arma de doble filo, un juego, en definitiva, que, en ocasiones, puede volverte del revés y hacerte reconsiderar si, realmente, entendemos lo que significa la libertad de expresión y si merece la pena comunicarse abiertamente.